APRECIACIONES SOBRE LA INICIACION RENE GUENON PDF

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Author:Meztizuru Ditaxe
Country:Sri Lanka
Language:English (Spanish)
Genre:Environment
Published (Last):26 June 2018
Pages:477
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ISBN:955-6-37007-807-2
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Traditionnelles, Pars, , , , ? Traduccin italiana: Considerazioni sulla via iniziatica, Bocca, Miln, trad. Il Basilisco, Gnova, Basaia, Roma, Ello no significa, por otra parte, que hayamos querido hacer de este modo una especie de tratado ms o menos completo y en todo caso, didctico; esto todava sera concebible, en rigor, si se tratara solamente de estudiar una forma particular de iniciacin, pero, desde el momento en que, por el contrario, se trata de la iniciacin en general, sera una labor del todo imposible, pues las cuestiones que pueden exponerse a este respecto no son en nmero determinado, oponindose la naturaleza misma del objeto a toda delimitacin rigurosa, de manera que no se podra en modo alguno tener la pretensin de tratarlas todas sin omitir ninguna.

Todo lo que se puede hacer, en suma, es considerar ciertos aspectos, situarse bajo ciertos puntos de vista, que ciertamente, incluso si son de aquellos cuya importancia se deja ver inmediatamente por una u otra razn, dejan de lado sin embargo puntos a los cuales sera igualmente legtimo considerar; por ello hemos pensado que el trmino aperus 1 era el que mejor poda caracterizar el contenido de la presente obra, tanto ms cuanto que, incluso en lo que concierne a las cuestiones tratadas, no es sin duda posible el agotar completamente ni una sola.

Es demasiado evidente que no poda ser cuestin de repetir aqu lo que ya hemos dicho en otros libros sobre los puntos concernientes al mismo tema; nos debemos contentar con remitir al lector cada vez que ello sea necesario; por lo dems, en el orden de conocimiento al cual se refieren todos nuestros escritos, todo est ligado de tal forma que es imposible proceder de otro modo. Acabamos de decir que nuestra intencin ha sido esencialmente tratar asuntos concernientes a la iniciacin en general; debe quedar claro entonces que, en todas las ocasiones en las que nos referimos a tal o cual forma inicitica determinada, lo hacemos nicamente a ttulo de ejemplo, con el fin de precisar y hacer comprender mejor lo que, sin la ayuda de estos casos particulares, correra el riesgo de perderse en vaguedades.

Es importante insistir especialmente sobre este asunto cuando se trata de formas occidentales, a fin de evitar toda confusin y todo malentendido: si hacemos frecuentes alusiones a ellas es porque las ilustraciones que pueden ser ofrecidas nos parece, en la mayor parte de los casos, que deben ser ms fcilmente accesibles que otras a la generalidad de los lectores, incluso ya ms o menos familiares a cierto nmero de ellos; es evidente que esto es por completo independiente de lo que cada uno pueda pensar acerca del presente estado de las organizaciones por las cuales esas formas iniciticas son conservadas y practicadas.

Cuando se percibe el grado de degeneracin al cual ha llegado el Occidente moderno, es demasiado fcil comprender que muchas cosas de orden tradicional, y con mayor razn de orden inicitico, apenas pueden subsistir mas que en estado de vestigios, poco ms o menos incomprendidos por aquellos mismos que las conservan; es esto, por otra parte, lo que hace posible la eclosin, junto a los restos autnticos, de mltiples falsificaciones de las cuales ya hemos tenido ocasin de hablar, pues no es sino en semejantes condiciones cuando stas pueden hacerse pasar por lo que no son; pero, sea como sea, las formas tradicionales siempre permanecen, en s mismas, independientes de estas contingencias.

Aadiremos todava que, en el momento en que lleguemos, por el contrario, a considerar estas mismas contingencias y a hablar, no de las formas iniciticas, sino del estado de las organizaciones iniciticas y pseudoiniciticas en el Occidente actual, no haremos sino exponer la verificacin de unos hechos a los cuales no aadimos evidentemente nada, sin ninguna otra intencin o preocupacin que la de decir la verdad a este respecto como en todo otro asunto de los que hemos considerado en el curso de nuestros estudios, y de una manera tan completamente desinteresada como es posible.

Cada uno es libre de extraer las consecuencias que le parezca; en cuanto a nosotros, no estamos en absoluto tratando de introducir o ganar adherentes para ningn tipo de organizacin, no obligamos a nadie a pedir la iniciacin aqu o all, ni a abstenerse de ello, y estimamos incluso que ello no nos concierne de ninguna manera y que no podra en absoluto encajar en nuestro papel. Algunos quiz se sorprendern de que nos creamos obligados a insistir tanto sobre ello, y, a decir verdad, esto debera en efecto ser intil si no fuera necesario contar con la incomprensin de la mayora de nuestros contemporneos, y tambin con la mala fe de un nmero demasiado grande de ellos; desgraciadamente, estamos demasiado acostumbrados a ver cmo se nos atribuyen toda clase de intenciones que jams hemos tenido, y ello por parte de gente proveniente de crculos opuestos, al menos en apariencia, como para no tomar a este respecto todas las precauciones necesarias; por otro lado, no osamos pretender el haber aadido las suficientes, pues, quin podra prever todo lo que algunos son capaces de inventar?

No debe extraar que nos extendamos a menudo sobre los errores y las confusiones que se cometen ms o menos comnmente con el tema de la iniciacin, pues, aparte de la evidente utilidad que existe en disiparlos, es precisamente comprobndolos como hemos sido inducidos, en muchos casos, a ver la necesidad de tratar ms particularmente tal o cual aspecto determinado, sin lo cual nos hubiera podido parecer evidente o al menos no tener necesidad de tanta explicacin.

Lo que es digno de subrayar es que algunos de estos errores no son nicamente producto de profanos o de pseudoiniciados, lo que en suma no tendra nada de extraordinario, sino tambin de miembros de organizaciones autnticamente iniciticas, y entre los cuales los hay incluso que son considerados como luces en su ambiente, lo que posiblemente sea una de las pruebas ms sobresalientes del actual estado de degeneracin al cual hicimos alusin hace unos instantes.

A propsito de ello, pensamos poder expresar, sin demasiado riesgo a ser mal interpretado, el deseo de que, entre los representantes de estas organizaciones, se encuentren al menos algunos a quienes las consideraciones que exponemos contribuyan a hacer tomar conciencia de lo que realmente es la iniciacin; no mantenemos, por lo dems, exageradas esperanzas a este respecto, no ms que hacia todo lo que concierne ms generalmente a las posibilidades de restauracin que Occidente puede todava llevar en s mismo.

No obstante, hay a quienes, sin duda, el conocimiento real les es ms necesario que la buena voluntad; pues esta buena voluntad no es suficiente, y toda la cuestin consistira en saber hasta dnde su horizonte intelectual es susceptible de extenderse, y tambin si estn cualificados para pasar de la iniciacin virtual a la iniciacin efectiva; en todo caso, no podemos, en cuanto a nosotros, hacer nada ms que suministrar algunos datos que posiblemente aprovecharn aquellos que sean capaces y que estn dispuestos a sacar partido de ello en la medida en que se lo permitan las circunstancias.

Estos no sern jams ciertamente muy numerosos, pero, como ya hemos dicho frecuentemente, no es el nmero lo que importa en las cosas de este orden; ojal, sin embargo, en este caso especial, que sea al menos, para comenzar, el que requiere la constitucin de las organizaciones iniciticas; hasta aqu, las pocas experiencias que han sido intentadas en un sentido ms o menos parecido a aquel de que se trata, a nuestro entender, no han podido, por razones diversas, ser llevadas tan lejos como para que sea posible juzgar los resultados que habran podido obtenerse si las circunstancias hubieran sido ms favorables.

Est claro tambin que el ambiente moderno, por su propia naturaleza, es y ser siempre uno de los principales obstculos que deber inevitablemente encontrar toda tentativa de restauracin tradicional en Occidente, tanto en el dominio inicitico como en cualquier otro; es cierto que, en principio, este dominio inicitico debera, en razn de su carcter oculto, estar ms al abrigo de las influencias hostiles del mundo exterior, pero, de hecho, hace ya demasiado tiempo que las organizaciones existentes se estn dejando atacar por ellas, y ciertas brechas estn ahora demasiado abiertas como para ser fcilmente reparadas.

As, para no tomar sino un ejemplo tpico, adoptando formas administrativas imitadas de las propias de los gobiernos profanos, estas organizaciones han dado pie a acciones antagonistas que de otra forma no hubieran encontrado ningn medio de ejercerse contra ellas y habran desaparecido en el vaco; esta imitacin del mundo profano constituy, por otra parte, en s misma, una de las inversiones de las relaciones normales que, en todos los dominios, son tan caractersticas del desorden moderno.

Las consecuencias de esta contaminacin son hoy en da tan manifiestas que es preciso estar ciego para no verlas y, sin embargo, dudamos que muchos sepan relacionarlas con su verdadera causa; la mana de las sociedades est demasiado arraigada entre la mayor parte de nuestros contemporneos como para que conciban siquiera la simple posibilidad de superar ciertas formas puramente exteriores; pero esta misma razn es quiz contra la que debera en primer lugar reaccionar quienquiera que quisiera emprender una restauracin inicitica sobre bases verdaderamente serias.

No iremos demasiado lejos en estas reflexiones preliminares, pues, digmoslo una vez ms, no es a nosotros a quien corresponde intervenir activamente en las tentativas de este gnero; indicar la va a quienes quieran y puedan comprometerse es todo lo que pretendemos a este respecto; y, por lo dems, el alcance de lo que acabamos de decir est bien lejos de limitarse a la aplicacin que pueda hacerse de una forma inicitica particular, ya que se trata ante todo de principios fundamentales que son comunes a toda iniciacin, sea de Oriente o de Occidente.

La esencia y el objetivo de la iniciacin son, en efecto, siempre y en todas partes los mismos; slo las modalidades difieren, por adaptacin a las pocas y a los lugares; y aadiremos seguidamente, para que nadie pueda equivocarse, que esta adaptacin, para ser legtima, no debe ser jams una innovacin, es decir, el producto de una fantasa individual cualquiera, sino que, como la de las formas tradicionales en general, debe siempre proceder en definitiva de un origen no humano, sin lo cual no podra haber realmente ni tradicin ni iniciacin, sino nicamente alguna de esas parodias que tan frecuentemente nos encontramos en el mundo moderno, que no provienen de nada y no conducen a nada, y que tampoco representan verdaderamente, si puede decirse, mas que la nada pura y simple, cuando no son los instrumentos inconscientes de algo todava peor.

NOTA: 1. Aperu podra traducirse como ojeada, idea general o de conjunto, apreciacin. Captulo I: VA INICITICA Y VA MSTICA La confusin entre el dominio esotrico e inicitico y el dominio mstico, o, si se prefiere, entre los puntos de vista que respectivamente les corresponden, es una de las que ms frecuentemente se cometen hoy en da, y ello, nos parece, de una manera no siempre completa mente desinteresada; hay aqu, por lo dems, una actitud nueva, o que, al menos en ciertos ambientes, se ha generalizado demasiado en los ltimos aos, y es por lo que nos parece necesario comenzar por explicarnos claramente sobre este punto.

Est ahora de moda, si puede decirse as, el calificar de msticas a las doctrinas orientales, incluidas aquellas en donde no hay ni siquiera la sombra de una apariencia exterior que pudiera, en aquellos que no ven ms all, dar lugar a una calificacin semejante; el origen de esta falsa interpretacin es naturalmente imputable a ciertos orientalistas, que pueden, por lo dems, no haber sido inducidos en principio por una segunda intencin claramente definida, sino nicamente por su incomprensin y por un prejuicio ms o menos inconsciente, que les es habitual, al pensar slo desde puntos de vista occidentales 1.

Pero llegan otros luego, que se aduean de esta asimilacin abusiva, y que, viendo el provecho que podran sacar para sus propios fines, se esfuerzan en propagar la idea fuera de ese mundo especial, y en resumidas cuentas bastante restringido, de los orientalistas y de su clientela; y esto es ms grave, no solamente porque es ante todo por ello que esta confusin se difunde cada vez ms, sino tambin porque no es difcil advertir las seales inequvocas de una tentativa anexionista contra la cual es preciso protegerse.

En efecto, aquellos a los que aludimos son a los que se puede considerar como los negadores ms serios del esoterismo; queremos referirnos con ello a los exoteristas religiosos que se niegan a admitir nada ms all de su propio dominio, pero que estiman sin duda esta asimilacin o esta anexin ms hbil que una negacin brutal; y, viendo de qu manera algunos de ellos se esfuerzan en transformar en misticismo las doctrinas ms claramente iniciticas, realmente parecera que esta labor reviste a sus ojos un carcter particularmente urgente 2.

A decir verdad, habra no obstante en el mismo dominio religioso al cual pertenece el misticismo, algo que, en ciertos aspectos, podra prestarse a un acercamiento, o mejor dicho a una apariencia de acercamiento: es lo que se designa con el trmino asctica, pues reviste aqu al menos un mtodo activo, en lugar de la ausencia de mtodo y de la pasividad que caracterizan al misticismo y sobre los cuales hemos de volver ms adelante 3 ; pero no hay duda de que estas similitudes son por completo exteriores, y, por otra parte, esta asctica no tiene posiblemente sino objetivos demasiado visiblemente limitados como para poder ser ventajosamente utilizada de esta forma, mientras que, con el misticismo, no se sabe jams exactamente a dnde se llega, y esta misma vaguedad es con seguridad propicia a las confusiones.

Unicamente aquellos que se entregan a este trabajo deliberadamente, y no quienes les siguen ms o menos inconscientemente, no parecen dudar de que, en todo lo que se refiere a la iniciacin, no hay en realidad nada de vago ni de nebuloso, sino por el contrario elementos precisos y positivos; y, de hecho, la iniciacin es, por su propia naturaleza, incompatible con el misticismo. Esta incompatibilidad no resulta, por otra parte, de lo que originalmente implica el trmino misticismo, que est incluso manifiestamente emparentado con la antigua designacin de los misterios, es decir, con algo que pertenece por el contrario al orden inicitico; pero este trmino es de aquellos por los cuales, lejos de poderse referir nicamente a la etimologa, se est rigurosamente obligado, si uno quiere hacerse comprender, a tener en cuenta el sentido que le ha sido impuesto por el uso, y que es, de hecho, el nico al que actualmente se le vincula.

Ahora bien, es sabido lo que se entiende por misticismo, desde hace ya varios siglos, de manera que no es posible emplear este trmino para designar algo distinto; y es esto lo que, como dijimos, no tiene y no puede tener nada en comn con la iniciacin, en primer lugar porque este misticismo compete exclusivamente al dominio religioso, es decir, exotrico, y despus porque la va mstica difiere de la va inicitica en todos sus caracteres esenciales, y esta diferencia es tal que de ella se deriva una verdadera incompatibilidad.

Precisemos adems, que se trata de una incompatibilidad de hecho ms bien que de principio, en el sentido de que no se trata en absoluto de negar el valor, al menos relativo, del misticismo, ni de poner en duda el lugar que legtimamente le pertenece en ciertas formas tradicionales; la va inicitica y la va mstica pueden perfectamente coexistir 4 , pero lo que queremos indicar es que es imposible que nadie siga a la vez ambas, incluso sin juzgar de antemano el fin al cual pueden conducir, aunque por lo dems se pueda ya presentir, en razn de la profunda diferencia entre los dominios a los cuales se refieren, que este fin no podra ser en realidad el mismo.

Hemos dicho que la confusin que hace que algunos vean misticismo all donde no hay la menor traza de ello, tiene su punto de partida en la tendencia de reducirlo todo a los puntos de vista occidentales; y es que, en efecto, el misticismo propiamente dicho es algo exclusivamente occidental y, en el fondo, especficamente cristiano.

Por este motivo, vamos a aprovechar la ocasin de indicar algo que nos parece lo bastante curioso como para que lo mencionemos aqu: en un libro del cual ya hemos hablado en otro lugar 5 , el filsofo Bergson, oponiendo lo que el llama la religin esttica a la religin dinmica, ve la ms alta expresin de esta ltima en el misticismo, al que por otra parte apenas comprende, y al cual admira especialmente por todo lo que nosotros podramos por el contrario encontrar de vago e incluso, bajo ciertos aspectos, de defectuoso; pero lo que puede parecer realmente extrao por parte de un no cristiano es que, para l, el misticismo completo, por poco satisfactoria que sea la idea que de hecho se hace, no es sino el de los msticos cristianos.

A decir verdad, por una consecuencia necesaria de la poca estima que l siente por la religin esttica, olvida que aquellos son cristianos antes incluso de ser msticos, o al menos, para justificarles el ser cristianos, sita indebidamente al misticismo en el origen mismo del Cristianismo; y, para establecer a este respecto una especie de continuidad entre ste y el Judasmo, llega a transformar en msticos a los profetas judos; evidentemente, del carcter de la misin de los profetas y de la naturaleza de su inspiracin no tiene la ms mnima idea 6.

Sea como sea, si el misticismo cristiano, por deformada o menguada que sea su concepcin, es a sus ojos el tipo mismo del misticismo, la razn es, en el fondo, bien fcil de comprender: es que, de hecho y estrictamente hablando, apenas existe otro misticismo que ste; e incluso los msticos que se han llamado independientes, y que de buen grado calificaramos de aberrantes, no se inspiran en realidad, debido a su ignorancia, sino en ideas cristianas desnaturalizadas y ms o menos completamente vacas de su contenido original.

Pero tambin esto, como tantas otras cosas, escapa a nuestro filsofo, que se esfuerza en descubrir, anteriormente al Cristianismo, los esbozos del futuro misticismo, cuando se trata de cosas totalmente diferentes; hay aqu particularmente, sobre la India, algunas pginas que atestiguan una inaudita incomprensin.

Tambin estn los misterios griegos, y aqu la aproximacin, fundada sobre el parentesco etimolgico que sealbamos, se reduce en suma a un mal juego de palabras; por lo dems, Bergson se ve obligado a reconocer que la mayor parte de los misterios no tenan nada de mstico; pero entonces, por qu habla sobre este vocablo? En cuanto a lo que fueron los misterios, se hace de ellos la representacin ms profana posible; ignorndolo todo acerca de la iniciacin, cmo podra comprender que haba all, tanto como en la 10 India, algo que en primer lugar no era en absoluto de orden religioso, y que iba incomparablemente ms lejos que su misticismo, e incluso, es preciso decirlo, que el autntico misticismo, que al mantenerse en el dominio puramente exotrico tiene forzosamente sus limitaciones?

No nos proponemos actualmente exponer en detalle y de forma completa todas las diferencias que separan en realidad a los puntos de vista inicitico y mstico, pues slo para ello se necesitara todo un volumen; nuestra intencin es sobre todo insistir aqu sobre la diferencia en virtud de la cual la iniciacin, en su proceso mismo, presenta unos caracteres totalmente distintos a los del misticismo, incluso opuestos, lo que basta para demostrar que hay aqu dos vas no solamente distintas, sino tambin incompatibles en el sentido que hemos indicado.

Lo que a menudo se dice a este respecto es que el misticismo es pasivo, mientras que la iniciacin es activa; esto es por otra parte muy cierto, a condicin de determinar exactamente la acepcin en la que debe entenderse.

Esto significa principalmente que, en el caso del misticismo, el individuo se limita simplemente a recibir lo que se le presenta, y tal como se le presenta, sin que l mismo acte para nada; y, digmoslo a continuacin, en esto reside para l el principal peligro, en el hecho de que est as abierto a todas las influencias, sean del orden que sean, y que, por lo dems, en general y salvo raras excepciones, no tiene la preparacin doctrinal que sera necesaria para permitirle establecer entre ellas una discriminacin cualquiera 8.

En el caso de la iniciacin, por el contrario, es al individuo a quien corresponde la iniciativa de una realizacin que se proseguir metdicamente, bajo un control riguroso e incesante, y que deber normalmente conducir a superar las posibilidades mismas del individuo como tal; es indispensable aadir que esta iniciativa no es suficiente, pues es demasiado evidente que el individuo no podra superarse a s mismo por sus propios medios, pero, y esto es lo que nos importa por el momento, es ella lo que constituye obligatoriamente el punto de partida de toda realizacin para el iniciado, mientras que el mstico no tiene ninguna, incluso para lo que no va en absoluto ms all del dominio de las posibilidades individuales.

Esta distincin puede ya parecer bastante clara, ya que demuestra bien que no podran seguirse a la vez las vas inicitica y mstica, pero sin embargo no podra ser suficiente; podramos incluso decir que no responde todava mas que al aspecto ms exotrico de la cuestin, y, en todo caso, es demasiado incompleta en lo que concierne a la iniciacin, de la que est bien lejos de incluir todas las condiciones necesarias; pero, antes de abordar el estudio de estas condiciones, nos quedan todava algunas confusiones por disipar.

NOTAS: 1. Es as como, especialmente despus de que al orientalista ingls Nicholson se le ocurriera traducir taawwuf por misticismo, se ha convenido en Occidente que el esoterismo islmico es algo esencialmente mstico; o incluso, en este caso, no se habla de esoterismo, sino nicamente de misticismo, es decir, que se ha llegado a una verdadera sustitucin de puntos de vista.

Lo mejor del caso es que, en las cuestiones de este orden, la opinin de los orientalistas, que no conocen sino por los libros, cuenta manifiestamente mucho ms, a los ojos de la inmensa mayora de los occidentales, que la opinin de los que tienen un conocimiento directo y efectivo. Otros se esfuerzan tambin en transformar las doctrinas orientales en "filosofa", pero esta falsa asimilacin es quiz, en el fondo, menos peligrosa que la otra, en razn de la estrecha limitacin del propio punto de vista filosfico; stos no consiguen, por la manera especial en que presentan dichas doctrinas, sino hacer algo totalmente desprovisto de inters, y lo que se desprende de sus trabajos es sobre todo una prodigiosa impresin de "aburrimiento".

Podemos citar, como ejemplo de "asctica", los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, cuyo espritu es incontestablemente tan poco mstico como es posible, y para los cuales es al menos verosmil que se inspir en parte en ciertos mtodos iniciticos de origen islmico, pero, por supuesto, aplicndolos a un objetivo completamente diferente. Podra ser interesante a este respecto hacer una comparacin con la "va seca" y la "va hmeda" de los alquimistas, pero esto se saldra del marco del presente estudio.

Las dos fuentes de la moral y de la religin. De hecho, no se puede encontrar misticismo judo propiamente dicho hasta el Hasidismo, es decir, en una poca muy reciente. Alfred Loisy ha querido responder a Bergson y sostener contra l que no hay un solo "origen" de la moral y de la religin; en su calidad de especialista de la "historia de las religiones", prefiere las teoras de Frazer a las de Durkheim, y la idea de una "evolucin" continua a la de una "evolucin" por mutaciones bruscas; a nuestros ojos, ambas son equivalentes; pero hay al menos un punto sobre el cual debemos darle la razn, y posiblemente se deba a su educacin eclesistica: gracias a ella conoce a los msticos mucho mejor que Bergson, y seala que jams tuvieron la menor pizca de algo que se pareciera, aun de lejos, al " eln vital"; evidentemente, Bergson ha querido hacer "bergsonianos" "avant la lettre", lo que no est muy de acuerdo con la simple verdad histrica; y Loisy se asombra tambin con razn al ver a Juana de Arco incluida entre los msticos.

He aqu al menos una muy loable franqueza; y, ya que es l mismo quien lo dice, y de manera totalmente espontnea, creemos sin dificultad sus palabras. Es tambin ese carcter de pasividad el que explica, no justificndolos en absoluto, los errores modernos que tienden a confundir a los msticos, sea con los mediums y otros sensitivos, , en el sentido que los psiquistas dan a esta palabra, sea incluso con simples enfermos 12 Captulo II: MAGIA Y MISTICISMO La confusin entre la iniciacin y el misticismo es sobre todo producto de aquellos que quieren, por una razn cualquiera, negar ms o menos expresamente la realidad de la iniciacin reducindola a algo distinto; por otra parte, en los ambientes que por el contrario tienen pretensiones iniciticas injustificadas, como los ambientes ocultistas, tienen tendencia a considerar, como formando parte integrante del dominio de la iniciacin, si no incluso como constituyndola esencialmente, a una multitud de cosas de otro gnero que le son completamente extraas, y entre las cuales la magia ocupa frecuentemente el primer lugar.

Las razones de este error son tambin, al mismo tiempo, las razones por las cuales la magia presenta peligros esencialmente graves para los occidentales modernos, y de los cuales el primero es su tendencia a atribuir una importancia excesiva a todo lo que son fenmenos, como lo atestigua adems el desarrollo que han dado a las ciencias experimentales; si son tan fcilmente seducidos por la magia, y si fabulan hasta tal punto acerca de su alcance real, es porque es, tambin, una ciencia experimental, aunque bastante diferente, con seguridad, de aquellas a las que la enseanza universitaria conoce bajo esa denominacin.

No es preciso entonces engaarse: se trata de un orden de cosas que no tiene en s mismo absolutamente nada de trascendente; y, si una ciencia semejante puede, como todas las dems, estar legitimada por su relacin con los principios superiores de los cuales todo depende, siguiendo la concepcin general de las ciencias tradicionales, no se situar sin embargo mas que en el ltimo rango de las aplicaciones secundarias y contingentes, entre las que estn ms alejadas de los principios, luego entre las que deben ser consideradas como las ms inferiores.

Es as como la magia est considerada en todas las civilizaciones orientales: que ella existe es un hecho innegable, pero est muy lejos de ser tan estimada como se lo imaginan demasiado a menudo los occidentales, que prestan tan gustosos a los dems sus propias tendencias y sus propias concepciones.

En el Tbet mismo, tanto como en la India o en China, la prctica de la magia, en tanto que especialidad, si puede decirse as, es abandonada a aquellos que son incapaces de elevarse a un orden superior; esto, por supuesto, no significa que los dems no puedan tambin producir de vez en cuando, 13 excepcionalmente y por razones particulares, fenmenos exteriormente semejantes a los fenmenos mgicos, pero el objetivo e incluso los medios puestos en prctica son entonces en realidad totalmente distintos.

Por lo dems, para atenerse a lo que es conocido en el mundo occidental, que se tomen simplemente las historias de santos y de hechiceros y se ver cuntos hechos similares se encuentran en una y otra parte; y esto demuestra bien que, contrariamente a la creencia de los modernos cientifistas, los fenmenos, sean cuales sean, no podran en absoluto probar nada por s mismos 1.

Ahora bien, es evidente que el hecho de ilusionarse sobre el valor de estas cosas y sobre la importancia que es conveniente atribuirles aumenta considerablemente el peligro; lo que es particularmente molesto para los occidentales que quieren implicarse en la magia, es la completa ignorancia en la que necesariamente estn, en el actual estado de las cosas y en ausencia de toda enseanza tradicional, acerca de aquello de lo que no se ocuparan en otras circunstancias.

Incluso dejando de lado a los farsantes y a los charlatanes tan numerosos en nuestra poca, que no hacen en suma nada mas que explotar la credulidad de los ingenuos, y tambin a los simples caprichosos que creen poder improvisar una ciencia a su manera, los mismos que desean con seriedad intentar estudiar estos fenmenos, no teniendo datos suficientes que les guen, ni una organizacin constituida para apoyarles y protegerles, se ven reducidos a un grosero empirismo; se comportan verdaderamente como nios que, libres a s mismos, quisieran manejar fuerzas terribles sin conocerlas, y, si ocurren demasiado a menudo deplorables accidentes por una imprudencia semejante, no hay lugar para asombrarse ms de la cuenta.

Hablando de accidentes, queremos especialmente hacer alusin a los riesgos de desequilibrio a los cuales se exponen quienes actan as; este desequilibrio es en efecto una consecuencia bastante frecuente de la comunicacin con lo que algunos han llamado el plano vital, y que no es en suma otra cosa que el dominio de la manifestacin sutil, considerada por otra parte principalmente en aquellas de sus modalidades ms cercanas al orden corporal, y por ello ms fcilmente accesibles al hombre ordinario.

La explicacin es simple: se trata aqu exclusivamente de un desarrollo de ciertas posibilidades individuales, e incluso de un orden demasiado inferior; si este desarrollo se produce de una manera anormal, desordenada e inarmnica, y en detrimento de posibilidades superiores, es natural y en todo caso, inevitable, que se deba desembocar en semejante resultado, sin hablar de las reacciones, que no son en absoluto despreciables y que algunas veces llegan a ser terribles, de las fuerzas de todo gnero con las cuales el individuo se pone desconsideradamente en contacto.

Decimos fuerzas, sin precisar ms, pues ello importa poco para nuestro propsito; preferimos utilizar esta palabra, por vaga que sea, a la de entidades, que, al menos para los que no estn suficientemente acostumbrados a ciertas maneras simblicas de hablar, corre el riesgo de dar lugar demasiado fcilmente a personificaciones ms o menos quimricas.

Este mundo intermedio es, por otra parte, como a menudo hemos explicado, mucho ms complejo y ms extenso que el mundo corporal; pero el estudio de ambos encaja, igualmente, en lo que se puede llamar las ciencias naturales, en el sentido ms autntico de esta expresin; querer ver algo ms es, repitmoslo, ilusionarse de la forma ms extraa.

No hay aqu absolutamente nada de inicitico, no ms por otra parte que de religioso; se encuentran incluso, de manera general, muchos ms obstculos que apoyos para alcanzar el conocimiento verdaderamente trascendente, que es algo completamente distinto a las ciencias contingentes, y que, sin traza alguna de un fenomenismo cualquiera, no proviene sino de la pura intuicin intelectual, que es la nica y pura espiritualidad.

Algunos, tras entregarse durante ms o menos tiempo a esta bsqueda de fenmenos extraordinarios o supuestamente tales, acaban sin embargo por abandonarla, por una razn cualquiera, o por quedar decepcionados por la insignificancia de los resultados obtenidos y que no responden a sus previsiones, y, cosa digna de sealar, ocurre frecuentemente que se vuelven entonces hacia el misticismo 2 ; y es que, por extrao que pueda parecer a primera vista, este responde an, aunque bajo otro aspecto, a necesidades o aspiraciones similares.

Con seguridad, estamos bien lejos de decir que el misticismo no tenga, en s mismo, un carcter notablemente ms elevado que la magia; pero, a pesar de todo, si se va al fondo de las cosas, puede uno darse cuenta de que, bajo cierto aspecto al menos, la diferencia es menos grande de lo que podra creerse: aqu todava, en efecto, no se trata en suma mas que de fenmenos, visiones o no, manifestaciones sensibles y sentimen tales de todo gnero, con los cuales se permanece siempre exclusivamente en el dominio de las posibilidades individuales 3.

Es decir, que los peligros de ilusin y de desequilibrio estn lejos de ser superados, y, si revisten aqu formas tan diferentes, no son posiblemente menores por ello; estn incluso agravados, en un sentido, por la actitud pasiva del mstico, que, como afirmamos, deja la puerta abierta a todas las influencias que pueden presentarse, mientras que el mago est al menos defendido hasta cierto punto por la actitud activa que se esfuerza en conservar con respecto a las mismas influencias, lo que ciertamente no significa, por otra parte, que resista siempre y que no 14 termine por ser sumergido en ellas.

De aqu viene tambin, por lo dems, que el mstico, casi siempre, sea muy fcilmente vctima de su imaginacin, cuyas producciones, sin duda, se entremezclan a menudo con los resultados reales de sus experiencias de una manera poco ms o menos inextricable.

Por esta razn, no hay que exagerar la importancia de las revelaciones de los msticos, o, al menos, no se deben jams aceptar sin control 4 ; lo que posee todo el inters en ciertas visiones es que estn de acuerdo, en numerosos puntos, con los datos tradicionales evidentemente ignorados por el mstico que ha tenido las visiones 5 pero lo que sera un error, e incluso una inversin de las relaciones normales, es querer encontrar aqu una confirmacin de dichos datos, de la que no tienen por otra parte ninguna necesidad, y que son, por el contrario, la nica garanta de que hay realmente en las visiones en cuestin algo distinto a un simple producto de la imaginacin o de la fantasa individual.

Le Rgne de la Quantit et les Signes des Temps, cap. Es preciso decir que a veces tambin ocurre que otros, tras haber entrado realmente en la va inicitica, y no solamente en las ilusiones de la pseudoiniciacin como los mencionados anteriormente, han abandonado esta va por el misticismo; los motivos son entonces naturalmente muy diferentes, y principalmente de orden sentimental, pero, sean cuales puedan ser, es necesario ante todo ver, en semejantes casos, la consecuencia de un defecto cualquiera con respecto a las cualificaciones iniciticas, al menos en lo que concierne a la aptitud para realizar la iniciacin efectiva; uno de los ejemplos ms tpicos que pueden citarse de este gnero es el de L.

Por supuesto, ello no significa en absoluto que los fenmenos de que se trata sean nicamente de orden psicolgico como pretenden algunos modernos. Esta actitud de prudente reserva, que se impone en razn de la tendencia natural de los msticos a la "divagacin" en el sentido propio de esta palabra, es, por lo dems, la que el Catolicismo observa invariablemente a este respecto.

Pueden citarse aqu como ejemplo las visiones de Anne-Catherine Emmerich. Artculo original publicado en "Le Voile dIsis", junio de Naturalmente, no podemos soar con hacer aqu una especie de revisin en la cual nos refiramos a todos los errores uno a uno y en detalle, lo que sera demasiado fastidioso y desprovisto de inters; mejor nos limitaremos a considerar algunos casos en cierto modo tpicos, lo que, al mismo tiempo, tiene la ventaja de dispensarnos de hacer alusiones demasiado directas a tal autor o tal escuela, pues debe quedar claro que estas indicaciones tienen para nosotros un alcance completamente independiente de toda cuestin de personalidades, como se dice comnmente, o, mejor dicho, para emplear un lenguaje ms exacto, de individualidades.

Recordaremos en primer lugar, sin insistir ms de la cuenta, las concepciones demasiado extendidas segn las cuales la iniciacin sera algo de orden simplemente moral y social 1 ; stas son demasiado limitadas y terrenales, si uno puede expresarse as, y, como a menudo hemos dicho con otros motivos, el error ms grosero est lejos de ser siempre el ms peligroso. Solamente diremos, para terminar pronto con toda confusin, que tales concepciones no se adecuan ni siquiera realmente a esa primera parte de la iniciacin que la Antigedad designaba bajo el nombre de Pequeos Misterios; stos, como ms adelante explicaremos, conciernen a la individualidad humana, pero en el desarrollo integral de sus posibilidades, luego ms all del dominio corporal cuya actividad se ejerce en el dominio que es comn a todos los hombres.

No vemos realmente cual podra ser el valor o incluso la razn de ser de una pretendida iniciacin que se limitara a repetir, encubrindose bajo una forma ms o menos enigmtica, lo que hay de ms banal en la educacin profana, lo que vulgarmente est al alcance de todo el mundo.

Por otra parte, no pretendemos en absoluto negar con ello que el conocimiento inicitico pueda tener aplicaciones en el orden social, tanto como en cualquier otro orden; pero sta es otra cuestin: en primer lugar, estas aplicaciones contingentes no constituyen de ninguna manera el objetivo de la iniciacin, al igual que las ciencias tradicionales 15 secundarias no constituyen la esencia de una tradicin; seguidamente, stas tienen en s mismas un carcter totalmente diferente de aquello de que estamos hablando, pues parten de principios que no tienen nada que ver con los preceptos de la moral corriente, sobre todo cuando se trata de la muy famosa moral laica tan querida de nuestros contemporneos, y, por lo dems, proceden de vas inasequibles para los profanos, en virtud de la naturaleza misma de las cosas; luego estn bien lejos de lo que alguien llam un da, con estas mismas palabras, la preocupacin por vivir convenientemente.

Mientras todo se limite a moralizar sobre los smbolos, con intenciones tan loables como se quiera, no se realizar ciertamente la obra de la iniciacin: pero volveremos sobre ello ms adelante, cuando hablemos ms particularmente de la enseanza inicitica. Los errores ms sutiles y, por consiguiente, ms temibles, se producen a veces cuando se habla, a propsito de la iniciacin, de una comunicacin con los estados superiores o los mundos espirituales, y, ante todo, se da demasiado a menudo la ilusin que consiste en tomar por superior lo que realmente no lo es, sino que simplemente aparece como ms o menos extraordinario o anormal.

Nos quedara en suma repetir aqu todo lo que ya hemos dicho en otra parte acerca de la confusin entre lo psquico y lo espiritual 2 , pues es el ms frecuentemente cometido a este respecto; los estados psquicos no poseen, de hecho, nada de superior ni de trascendente, ya que nicamente forman parte del estado individual humano 3 ; y, cuando hablamos de estados superiores del ser, sin ningn abuso de lenguaje, entendemos por ello exclusivamente los estados supraindividuales.

Algunos llevan incluso ms lejos la confusin y hacen de lo espiritual poco ms o menos un sinnimo de lo invisible, es decir, toman por tal, indistintamente, todo lo que no cae bajo los sentidos ordinarios y normales; hemos visto calificar as hasta al mundo etrico, es decir, simplemente la parte menos grosera del mundo corporal.

En estas condiciones, es muy de temer que la comunicacin de que se trata se reduzca en definitiva a la clarividencia, a la clariaudiencia, o al ejercicio de cualquier otra facultad psquica del mismo gnero y no menos insignificante, incluso aun cuando sea real.

Es esto lo que ocurre siempre de hecho, y, en el fondo, todas las escuelas pseudoiniciticas del Occidente moderno desembocan aqu; algunos toman incluso expresamente por objetivo el desarrollo de los poderes psquicos latentes en el hombre; deberemos todava volver, ms adelante, sobre esta cuestin de los pretendidos poderes psquicos y de las ilusiones a las cuales dan lugar.

Pero esto no es todo: admitamos que, en el pensamiento de algunos, se trata verdaderamente de una comunicacin con los estados superiores; ello estar todava lejos de ser suficiente para caracterizar a la iniciacin. En efecto, una comunicacin semejante es establecida tambin por los ritos de orden puramente exotrico, especialmente por los ritos religiosos; no debe olvidarse que, igualmente en este caso, las influencias espirituales, y no simplemente psquicas, entran realmente en juego, aunque para fines totalmente diferentes a los relacionados con el dominio inicitico.

La intervencin de un elemento no humano puede definir, de manera general, a todo lo que es autnticamente tradicional; pero la presencia de este carcter comn no es razn suficiente para no establecer las necesarias distinciones, y en particular para confundir el dominio religioso con el dominio inicitico, o para ver entre ellos todo lo ms una simple diferencia de grado, cuando realmente hay una diferencia de naturaleza, e incluso, podramos decir, de naturaleza profunda.

Esta confusin es tambin muy frecuente, sobre todo entre aquellos que pretenden estudiar la iniciacin desde fuera, con intenciones que pueden ser, por lo dems, muy diversas; tambin es indispensable denunciarla formalmente: el esoterismo es esencialmente algo distinto de la religin, y no la porcin interior de una religin como tal, incluso cuando toma su base y su punto de apoyo en sta, como ocurre en ciertas formas tradicionales, en el Islamismo, por ejemplo 4 ; y la iniciacin no es una especie de religin especial reservada a una minora, como parecen imaginarse, por ejemplo, los que hablan de los misterios antiguos calificndolos de religiosos 5.

No es posible desarrollar aqu todas las diferencias que separan a los dominios religioso e inicitico, pues, an ms que cuando se trataba solamente del dominio mstico, que no es sino una parte del primero, ello nos llevara con seguridad demasiado lejos; pero bastar, para lo que pretendemos ahora, precisar que la religin considera al ser nicamente en el estado individual humano y no aspira en absoluto a hacerle salir de l, sino por el contrario a asegurarle las condiciones ms favorables en ese mismo estado 6 , mientras que la iniciacin tiene esencialmente como objetivo el superar las posibilidades de este estado y tornar efectivamente posible el paso a los estados superiores, e incluso, finalmente, conducir al ser ms all de todo estado condicionado, sea cual sea.

Resulta de esto que, en lo que concierne a la iniciacin, la simple comunicacin con los estados superiores no puede ser considerada como un fin, sino nicamente como un punto de partida; si esta comunicacin debe ser establecida principalmente por la accin de una influencia espiritual, es para permitir seguidamente una toma de posesin efectiva de estos estados, y no simplemente, como en 16 el orden religioso, para hacer descender sobre el ser una gracia que lo conecte en cierta manera, pero sin hacerle penetrar en ellos.

Para expresar esto de forma quiz ms fcilmente comprensible, diremos que, si por ejemplo, cualquiera puede entrar en contacto con los ngeles, sin dejar por esto de estar encerrado en la condicin de individuo humano, no estar por ello ms adelantado bajo el punto de vista inicitico 7 ; no se trata aqu de comunicar con otros seres que estn en un estado anglico, sino de alcanzar y realizar en s mismo un tal estado supra-individual, no, por supuesto, en tanto que individuo humano, lo que evidentemente sera absurdo, sino en tanto que el ser que se manifiesta como individuo humano en un determinado estado, tiene tambin en l las posibilidades de todos los dems estados.

Toda realizacin inicitica es entonces esencial y puramente interior, al contrario de esa salida de s que constituye el xtasis en el sentido propio y etimolgico de la palabra 8 ; y tal es, no la nica diferencia, por cierto, pero al menos una de las grandes diferencias que existen entre los estados msticos, los cuales pertenecen por completo al dominio religioso, y los estados iniciticos.

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Guenon, Rene - Apreciaciones Sobre La Iniciacion

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