ALCIDES ARGUEDAS PUEBLO ENFERMO PDF

Los heridos fueron dejados en el templo. Todo estaba tranquilo. Le cortaron la lengua y las orejas, le abarrancaron los ojos y le cortaron Su novela cumbre, Raza de bronce, es considerada una de las mejores novelas de Bolivia2 y una precursora del indigenismo. Fue elegido diputado por el Partido Liberal y senador por La

Author:Moogum Arashikasa
Country:Chad
Language:English (Spanish)
Genre:Relationship
Published (Last):10 July 2007
Pages:30
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La pampa y el indio no forman sino una sola entidad. No se comprende la pampa sin el indio, as como ste sentira nostalgia en otra regin que no fuera la pampa.

En esta regin ya se ha dicho nada convida a las expansiones ni a la alegra. El alma se encierra en ella misma, busca en sus propios elementos refugio a sus afanes y aspiraciones. El maridaje entre el azul intenso del cielo y el gris barroso del suelo no incita al ensueo ni a la poesa. Se busca necesariamente el hogar, la comunin con la gente, se ansia el timbre de voz humana.

El cielo, puro y limpio en los meses de invierno, cuando la aridez y desolacin de la llanura son tremendas, se cubre de nubes bajas e informes en primavera, estacin en que la llanura muestra, en partes, la simptica nota del verde; hay intercambio estacional sombro, perverso, y dijrase haberse creado de intento esa regin para que perpetuamente ofreciese visin desoladora.

All lo nico bello es el cielo; pero no a la claridad solar, sino de noche, cuando en el suelo, de lejos parpadea el fuego de los hogares indgenas y en el firmamento saltan a lucir los astros. Adquieran un brillo extraordinario y se presentan, en tal nmero, que los ojos, vidos de contemplar los, sintense posedos de vrtigo.

Al decir de Mr. Dereims, slo el cielo del Africa, intenso, luminoso, puro, es comparable a l de esa regin. Tiene de da un azul que choca y hiere; de noche, una oscuridad profunda y aterciopelada, y saltan en l claras,vibrantes, intensamente flgidas, las estrellas.

Sintese el hombre en esa regin abandonado por todas las potencias, solo en medio de un clima y un suelo inclementes; y este sentimiento, en todas partes generador de hbitos de sociabilidad y economa, all, no s por qu causas, separa y desune a los hombres, acaso porque en la dura labor del terreno hay que emplear gran perseverancia e inmensa energa para sacar mezquino fruto, fruto que se hace necesario economizar, consumir parcamente, si se quieren evitar las torturas del hambre canina, frecuentes desde tiempo inmemorial.

El aspecto fsico de la llanura, el gnero de ocupaciones, la monotona de stas, ha moldeado el espritu de manera extraa. Ntase en el hombre del altiplano la dureza de carcter, la aridez de sentimientos, la absoluta ausencia de afecciones estticas. El nimo no tiene fuerza para nada, sino para fijarse en la persistencia del dolor. Llgase a una concepcin siniestramente pesimista de la vida. No existe sino el dolor y la lucha. Todo lo que nace del hombre es pura ficcin.

La condicin natural de ste es ser malo y tambin de la naturaleza. Dios es inclemente y vengativo; se complace en enviar toda suerte de calamidades y desgracias Tal es la tica que se desprende en una regin as y entre hombres que han perdido lo mejor de sus cualidades; por eso la constante preocupacin en stos es aplacar, con prcticas curiosas, el enojo de Dios, ofrecindole sacrificios, haciendo de manera que se muestre ms clemente,ms generoso Antes, cuando las grandes conquistas de los incas no se haban extendido todava a esas zonas altas e inmisericordes, los naturales no adoraban al decir del inca Garcilaso de la Vega ningn dios, y vivan como bestias, guarecidos en cuevas, sin orden ni polica.

Se mataban entre ellos sin motivo y su vida era de batalla perpetua, bien entre si o con las tribus vecinas. Fueron los incas quienes les inculcaron nociones de divinidad y llegaron a aceptar fcilmente toda suerte de creencias, pues la rudeza de su vida, sus labores penosas, las injusticias que se vean obligados a soportar muchas veces predisponan su nimo a aceptar un ser o potencia reguladora que distribuyese premios o castigos. Y cayeron en el fetichismo absoluto, pues llegaron a adorar toda clase de seres vivos o imaginarios, pero siempre sosteniendo la idea primordial de que la muerte era una especie de transicin a otro estado ms perfecto en que el hombre gozara de toda clase de bienes.

Y de semejante creencia ese su sistema de embalsamamiento, algo anlogo al de los egipcios, y el afn de proveer al difunto de toda suerte de utensilios y cosas necesarias de regular uso. De esta concepcin procede tambin esa ausencia completa de aspiraciones, la limitacin hrrida de su campo espiritual. Nada se desea, a nada se aspira. Cuando ms anhlase la satisfaccin plena de las necesidades orgnicas, y entre stas, la principal, antes que el amor, el vino. El alcohol es lujo en esos hombres.

Quien tiene, bebe;esto es lgico. Y, al fin hombres, la vanidad posesiva es particularidad suya tambin. Las pasiones no alcanzan su intensidad mxima. Se ama, se aborrece, se desea, pero con moderacin. Jams se llega a la exaltacin pasional. El lenguaje afectivo es parco, pobre y fro; la mujer seduce, pero no hasta el extremo de conducir al sacrificio. Consiguientemente, el arte no nace viable, ni menos seduce por su exterioridad armnica.

La llanura de la sensacin del infinito, de lo enorme, de lo inconmensurable. La lnea recta predomina, y pues no hay visin esplendente y reconfortante de paisajes variados y comunicativos, y adems la atencin toda est embargada por el grave problema de la nutricin, el espritu permanece impasible, acaso fro, y jams vibra ni se exalta hasta crear la armona de la curva o la frondosidad sonora de la frase.

Es un arte rudimentario, tosco, en que las proporciones desaparecen y se impone la lnea recta y rgida: as Tiahuanacu. La msica, igualmente, slo se sostiene en el tono menor y es montona, gimiente, melopeica: un sollozo interminable. La conformacin fsica de esta regin solemne y desolada ha impreso, repito, rasgos duros en el carcter y constitucin del indio. De regular estatura, quiz ms alto que bajo, de color cobrizo pronunciado, de grea spera y larga, de ojos de mirar esquivo y hurao, labios gruesos, el conjunto de su rostro, en general, es poco atrayente y no acusa ni inteligencia ni bondad; al contrario, aunque por lo comn el rostro del indioes impasible y mudo, no revela todo lo que en el interior de su alma se agita.

En ese conjunto de lneas speras, de angulosidades acentuadas, encuntranse algunas veces, y en ciertos sitios lneas ms suaves, ms puras y tez ms clara, conforme se va saliendo de estas regiones altas y entrando a climas mejores y ms clementes. Ya en los valles la misma raza adquiere aspecto simptico; se ven rostros graciosos, y hasta bonitos, en las mujeres.

Su carcter tiene la dureza y la aridez del yermo. Tambin sus contrastes, porque es duro, rencoroso, egosta, cruel, vengativo y desconfiado, cuando odia. Sumiso y afectuoso, cuando ama. Le falta voluntad, persistencia de nimo y siente profundo aborrecimiento por todo lo que se le diferencia. Su vida es parca y dura, hasta lo increble. No sabe ni de la comodidad ni del reposo. No gusta placeres, ignora lujos. Para l ser dueo de una ropa llena de bordados con la que pueda presentarse en la fiesta del pueblo o de la parroquia y embriagarse lo mejor que le sea permitido y el mayor tiempo posible, es el colmo de la dicha.

Una fiesta le parecer tanto ms lucida cuantos ms das se prolongue. Bailar, beber, es su sola satisfaccin; no conoce otras. Es animal expansivo con los de su especie; fuera de su centro, mantinese reservado y hosco. En su casa huelga la miseria absoluta, el abandono completo. En la casa del indio no hay nada sino suciedad, y es segn una nota annima consignada en la citada Estadstica una miserable y pequea choza hechacon barro, piedras y con techadura de paja.

Dentro de esta lbrega y deseada habitacin vive toda una familia, en la que se recoge por la noche recostndose sobre la desnuda tierra o sobre vellones de cordero carcomidos. En toda la extensin de la Repblica se ven ranchos de indios diseminados por los campos, por los montes, por los valles y quebradas, en terrenos pertenecientes, en su mayor parte, a los seores propietarios.

Resignada vctima de toda suerte de fatalidades lo es desde que nace, pues muchas veces, como las bestias, nace en el campo, porque el ser que lo lleva en sus entraas labora las de la tierra dura, expuesto al fro que abre grietas en los labios y agarrota los dedos, imposibilitando manejar las herramientas de labranza.

All en la alta meseta, a los 3 y tantos metros sobre el nivel del mar, no siempre el sol calienta, por mucho que luzca en todo su esplendor. El viento sopla incansable y viene trayendo todo el horrendo fro que duerme en las cumbres perpetuamente nevadas de los Andes; y es a ese fro, a ese viento, a ese sol radioso en invierno, pero fr o , que las madres indias exponen a sus hijos recin nacidos, colgndoselos de sus senos con una tira de lienzo que se pasan por las espaldas y mirndolos como retazos de carne animada que grue y huele mal.

Cuando apenas el nio puede sostenerse sobre sus gordinflonas piernas comienza a utilizrsele, porque el indio trabaja desde los dos aos hasta que revienta. Se le deja encerrado en los patios de las casas,junto con las gallinas, los conejos y las ovejas recin paridas; y en su compaa, apartando a los unos que se les meten bajo las piernas; luchando con los otros que amenazan picotearles los ojos y les roban, en leal combate, su almuerzo, compuesto de un puado de maz tostado; revolcndose en sus propios excrementos y en el de los animales, alcanzan los cuatro o cinco aos de edad, y es cuando comienzan a luchar con la hostil naturaleza pastoreando diminutos rebaos de cerdos, junto a las lagunillas de aguas podridas.

Sin ms abrigo que la burda camisa de lana abierta por delante y por detrs y ceida a la cintura con una soga; protegida la cabeza de larga grea por un gorro hecho andrajos y que sirve de pauelo de sonarse; desnudos los pies, ennegrecida, sucia la vulgar cara por muchas capas de sudor y polvo petrificado y percudido, vseles perseguir a los cerdos que se apartan del hato lanzando agudos chillidos. Y desde que sale el sol hasta que se pone, solos en medio de la pampa triste, se la pasan contemplando la naturaleza agreste del pas, en quietud momiesca.

Ms tarde, sus ocupaciones se doblan. Ya son pastores de ovejas y tienen obligacin de llevar su ganado a los cerros donde verdea la paja recin salida o a los pantanos donde las gaviotas anidan. All se hacen prcticos para distinguir, en fuerza de trajinar, las aguadas que en su fondo ocultan el cieno y son especie de cisternas, donde si se cae pocas veces se sale con vida, de las que corren sobre un suelo firme, y vanprovistos de sus quenas y de sus sicus2 para aprender a modular los melanclicos aires de la tierra y a ponerse en contacto ntimo con la naturaleza, que despus ya para ellos no tiene ningn encanto.

Entonces se sirven de la honda, no como objeto de recreo, sino como arma de combate. Y comienza a ser hombre, a saber que la vida es triste y a sentir germinar dentro de s el odio contra los blancos, ese odio inextinguible y consciente, porque nace de la crueldad que stos usan con los suyos. Se hacen supersticiosos oyendo narrar los prodigios que realizan los yatiris, personalidades extraordinarias en comunin constante con los seres que pueblan el siniestro mundo de la fantasa Luego, sus labores son an ms rudas.

Guin al arado; trasportan, a lomo de burro, sus miserables mercancas y recorren distancias inverosmiles; se inician en el pongueaje; esto es, a servir de domsticos en la casa del patrn, donde refinan su gusto, adquieren ciertos modales y se enteran de la lengua castellana, que nunca la hablan. Parco y frugal, el indio, cuando no tiene que comer, puede pasar das enteros con algunos puados de coca y maz tostado. Para dormir le basta el suelo duro, y si a mano encuentra una piedra utilizable a guisa de almohada, duerme sobre ella tranquilamente, teniendo por cobertor el inmenso horizonte del cielo.

Siempre anda descalzo; slo usa ojotas cuando el terreno es muy pedregoso, y nunca se queja de su aspereza, porque la costra que cubre la planta de sus pies es dura como casco decaballo.

Calor, fro, todo le es igual; su cuerpo casi no es sensible a las variaciones atmosfricas. Andariego empecinado, la distancia no le acobarda ni para emprender sus viajes toma precauciones; sabe que ha de volver al punto de partida, y vuelve, sea cual fuere el tiempo trascurrido.

Si no, es que algo le ha sucedido; seguramente el ro se lo ha llevado, un torrente lo ha cogido, o lo ha pulverizado una centella. La familia slo se preocupa de recobrar los efectos perdidos, recuperar las bestias de carga, las ropas del difunto, su dinero, lo poco que haya podido dejar.

Amante del terruo, del retazo donde naci, jams abandona su hogar, aun sufriendo en l toda clase de miserias. Si a orillas del lago ha nacido, oyendo los rumores del viento ha de morir; si el sol de los valles ha puesto fuego en sus venas, bajo ese sol ha de acabar sus das.

Nunca uno que es del yermo se aviene con los trpicos, y si a ello se le obliga, le invade pronto una nostalgia sombra. Receloso y desconfiado, feroz por atavismo, cruel, parco, miserable, rapiesco, de nada llega a apasionarse de veras. Todo lo que personalmente no le atae lo mira con la pasividad sumisa del bruto, y vive sin entusiasmos, sin anhelos, en quietismo netamente animal. Cuando se siente muy abrumado o se atacan sus mezquinos intereses, entonces protesta, se irrita y lucha con extraordinaria energa.

La mujer observa la misma vida y, en ocasiones, sus faenas son ms rudas. En sus odios es tan exaltada como el varn. No concibe nigusta de las exquisiteces propias del sexo. Ruda y torpe, se siente amada cuando recibe golpes del macho; de lo contrario, para ella no tiene valor un hombre. Hipcrita y solapada, quiere como la fiera y arrostra por su amante todos los peligros. En los combates lucha a su lado, incitndole con el ejemplo, dndole valor para resistir.

La primera en dar cara al enemigo y la ltima en retirarse en la derrota, jams se muestra ufana del triunfo. Cuando crueles inquietudes turban la paz de su hogar no se queja, no demanda consuelo ni piedad a nadie y sufre y llora sola.

Fuerte, aguerrida, sus msculos elsticos tienen la solidez del bronce batido. Desconoce esas enfermedades de que estn llenas nuestras mujeres por el abuso del cors y el desmedido gasto de perfumes y polvos.

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